Lo que de verdad importa

Nada importa, de Jesús Terrés

Editoria Círculo de Tiza

198 páginas


Dice Terrés en uno de los artículos que conforman este libro que "En este hoy entregado a la productividad, nada más reaccionario que lo inútil: la belleza de la inutilidad".

No podría estar más de acuerdo con esta frase; lo aprendimos con Nuccio Ordine y que razón tenía...


Quien no conozca previamente a este escritor puede tener la equivocada impresión de que su Nada importa es una oda al escepticismo, pero nada más lejos de la realidad. Para Jesús Terrés lo que de verdad cuenta es lo esencial, es decir, comer, beber, viajar, besar, bailar: vivir, vaya. Y este libro recoge más que una trayectoria de artículos de revista, una filosofía de vida, de vida hedonista y lenta, un tanto como la de Josep Pla.


Restaurantes, hoteles, heridas, ciudades inolvidables, CINE (así, en mayúsculas), hombres que lloran y mucho whisky, pero del bueno. Esto es lo que encontramos en este Terrés a quien se le podría criticar de abusar de las referencias y las citas de otros, pero es que, la verdad, cuando algo ya se ha dicho y se ha dicho tan bien ¿para qué decirlo de otra manera? Para mi- que recojo en una libreta todas las frases que saben poner palabras a lo que siento y pienso- esto es pura inteligencia.


A estas alturas de la reseña cualquier lector habrá podido adivinar ya que una siente cierta debilidad por Terrés y, que en realidad, se compró este libro para deleitarse, como quien se compra un CD edición Deluxe del que ya se sabe todas las canciones, solo para tenerlo; un objeto de coleccionista. Leo a Terrés en Condé Nast Traveler, en Vanity Fair y en su Guía Hedonista; hago capturas de pantalla a sus Consultorios sin miedo (en IG) y me apunto en la (larguísima) lista de pendientes sus recomendaciones. Así que no soy objetiva, pero al menos lo admito.


Este es un libro sencillo, de "verano", de los que se puede combinar con otras lecturas, de los que te permiten ir y volver de un lado para otro. Sí. Pero también es un libro para disfrutar, para paladear sorbo a sorbo y sin prisas, con lo cinco sentidos.


Como decía otro poeta al que también se lo perdono todo: que el fin del mundo nos pille bailando.